ACCIDENTES Y ENFERMEDADES
La vida de esta genial pintora, lo mismo que su obra, se vio terriblemente influenciada por una serie de catastróficos accidentes que la obligaron, como si de una función terapéutica se tratara, a refugiarse en el arte, en su pintura, para poder salir adelante y expresar de una manera viva, desgarrada, llena de colorido, sangre y dolor, todo lo que habitaba en su mundo interior.
Ya a la edad de 6 años Frida enfermó de poliomelitis, quedando su pierna derecha más delgada de lo normal; en toda esta enfermedad, su padre, Guillermo Kahlo, influiría de manera decisiva en lo que sería su recuperación tanto física como psicológica. La enfermedad, por lo que despectivamente la comenzaron a llamar en su barrio “Frida la coja”, produciría en ella una secuela que seguiría en su interior hasta el final de sus días, de ahí que ella intentara ocultar su enfermedad usando, primero, durante su niñez, gran cantidad de calcetas, para luego ser sustituidas por pantalones de atuendo masculino y más tarde largas faldas mexicanas.
El 17 de septiembre de 1925, llegaría sin duda uno de los momentos que marcarían profundamente la obra de Frida, que sería el centro de muchas de sus obsesiones; cuando iba de camino de su escuela a casa en compañía de su entonces enamorado y futuro ilustre intelectual de México, Alejandro Gómez Arias, poco después de haber subido al autobús, sufren un terrible accidente en el cual ella resulta gravemente herida, dudando los médicos incluso que fuera a sobrevivir. En el pequeño esbozo a lápiz Accidente, la artista plasmó, un año después, el suceso que tan decisivamente cambió su vida.
Aunque Kahlo no haya plasmado el accidente en pintura, el tiempo la llevó, ya como pintora madura, a trazar su estado de ánimo, puntualizar su descubrimiento, en términos de lo que hicieron a su cuerpo: su rostro siempre aparece como una máscara y su cuerpo frecuentemente se encuentra desnudo y herido, al igual que sus sentimientos. En sus cuadros aparecen sin velo alguno la sangre, los corazones anatómicos, los órganos, fetos, aparatos ortopédicos como los que ella llevaba y numerosas ocasiones el dolor es el tema central de su pintura, tiene una presencia eterna, aquel mismo dolor que no la deja dormir, que le arranca lágrimas, que le impide tener hijos, que la desgarra por dentro y que la arrincona atrás del lienzo, el único lugar donde ella está segura, la mejor forma que encuentra ella de quejarse en silencio, de decir que llora sin decirlo, la única forma a veces de viajar. Frida tiene un pincel anatómico, como una navaja, como un bisturí que le abre las heridas para mostrarlas en sus cuadros. No hay que olvidar que Frida, sino fuera por el accidente que la confinó a los corsés, a los largos reposos y a la cama, talvez hubiera terminado en el campo de la medicina, como era su idea en un principio.
Son muchos las representaciones que hace Frida de sus dolores, de su violencia interior, de su sufrimiento. Entre ellas destacan La columna rota (1944), donde ella aparece desnuda casi por completo, una columna estilo jónica con diversas fracturas simboliza su propia columna vertebral herida. La rasgadura de su cuerpo, los clavos enterrados en su piel y una alegoría en el paisaje de lo que pasa en su alma, resquebrajada y solitaria, nos muestran su dolor y sacrificio. Otros ejemplos de alegorías de dolor, de la enfermedad y de soledad encontramos asimismo en Árbol de la esperanza mantente firme (1946), en Henry Ford Hospital (1932), Recuerdo (1937) y, ya sin ella propiamente como protagonista, en Unos cuantos piquetitos (1935), manchando de sangre hasta el mismo marco de madera que sujeta la obra. En Nacimiento (1932), además, parece mostrar su trauma ante los 3 abortos que tuvo durante su vida a raíz de complicaciones con su sistema sexual ocasionados por el accidente.
De esta forma, a pesar de vivir una vida complicada, llena de sufrimiento y manchada de sangre, Frida logra revertir su dolor en la pintura e, incapacitada para tener hijos, la pintura lo llega a sustituir todo en su vida.
DIEGO
Diego Rivera fue sin duda uno de los motivos que marcaría en gran medida la obra de Frida, Diego tenía 41 años y era el más famoso artista de México además de tener la peor reputación. Pintaba con tal soltura y velocidad que a veces parecía estar impulsado por una fuerza telúrica. “No soy solamente un artista”, afirmaba, “sino un hombre que desempeña su función biológica de producir pinturas, del mismo modo como un árbol produce flores y frutas”.
Frida trazaba un mundo cuyo origen remitía a su concepción y nacimiento, sus predecesores no eran artistas, si no su propia familia y cultura.
Según Rivera, era la primera vez en la historia del arte que una mujer expresaba “con franqueza absoluta, descarnada y podríamos decir, tranquilamente feroz, aquellos hechos generales y particulares que conciernen exclusivamente a la mujer”. Su sinceridad la llevó a hablar de ciertos hechos y hacer un testimonio indiscutible y verídico, pues la artista plasmó su propio nacimiento, su amamantamiento, su crecimiento en la familia, sus impresiones al viajar, sus amigos, su casamiento, su familia y claro, su terrible sufrimiento de todo orden.
En su depuración de los elementos pictóricos seleccionados, Frida clasifica el mundo a su manera, y lo divide en dos espacios físicos y psicológicos, unificados bajo la función armonizadora de su visión.
Su cuadro El abrazo de amor de El universo, la tierra (México), Yo, Diego y el señor Xólotl (1949) es un ejemplo de esa visión integral del cosmos, constituido por pares opuestos y complementarios, la tierra y el agua, la esterilidad y la fertilidad, el día y la noche, lo masculino y lo femenino… Kahlo y Rivera.
Cada vez, de forma más intencionada, los cuadros de Frida hacen patente la escisión que operó no sólo sobre los espacios mentales de su biografía y los físicos de su cuerpo, sino también sobre los ciclos naturales del día y de la noche y a sus astros correspondientes. A esta repartición del universo le añadió su particular visión de los modos de interpretación de la naturaleza: el masculino, racional y estéril, capaz sólo de ver un cuerpo que está muriendo, y el femenino, esperanzado y creador, idealista, integrador del deseo del sujeto junto con la materia básica de la realidad.
Este procedimiento connotativo sexual del universo material recuerda la forma en la que la escritora Virginia Wolf (contemporánea de Kahlo, perteneciente a un ambiente estético muy distinto) construye la psicología de los personajes masculino y femenino.
Frida, mujer apasionada, desbordante, entregada, protectora. Diego, infiel, cariñoso, talentoso, revolucionario. Ambos tenían un diablo adentro, y tal pareja era de causar revuelo. Sin duda este matrimonio no fue nada convencional en ninguno de los aspectos, pero se puede afirmar sin lugar a dudas que artísticamente ambos se nutrieron el uno del otro, lo que los ha convertido en la pareja más importante del arte en México.
FRIDA FUERA DE MÉXICO
El deseo de Frida había sido, desde muy pequeña, viajar a diferentes partes del mundo, sobre todo a Alemania y a Europa, de donde provenía su padre, sin embargo, a causa de sus múltiples malestares y de estar confinada a la cama, muchos de estos viajes no los pudo realizar. Sin embargo, durante algunos años, cuando la fama de Diego Rivera tomó dimensiones internacionales y éste fue contratado en diferentes ciudades de Estados Unidos para pintar una serie de murales, Frida le acompañó y por primera vez salió de México.
En algunos de sus cuadros retrata impresiones y sentimientos que le provocaron estos viajes, especialmente en los Estados Unidos, describiendo la relación y sobre todo, similitudes entre su país y el frío vecino del Norte, que, aunque disfrutaba pasear por las calles de Nueva Cork y San Francisco, consideraba que era un sociedad hipócrita, con alma industrializada y fría, muerta, donde sólo en las máquinas se sentía la vida, donde el color predominante era el gris de las tuberías, de los edificios y el humo y donde, como si se tratara del famoso libro de Aldous Huxley, “Un mundo feliz”, todo estaba dominado por Ford, los Rockefeller y demás magnates de la industria.
Estas impresiones las llevó al lienzo en cuadros como Autorretrato en la frontera entre México y los Estados Unidos (1932), Allá cuelga mi vestido (1933), donde parece proponer que sólo su apariencia está ahí, en aquella lejana y apática tierra, pero que su alma y su esencia se escapan siempre que pueden a México), y de nuevo Henry Ford Hospital (1932) donde se percibe en un paisaje plano en el cual al horizonte están las siluetas de los edificios, un sentimiento general de soledad y pequeñez.
Lo importante a recalcar, sobre todo en el cuadro Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos es la reflexión que se hace acerca de la frontera, esa línea imaginaria que divide dos países, dos pueblos con idiomas distintos, con culturas y valores distintos, que a veces no tienen nada que ver entre sí y sin embargo comparten algo: una frontera. El tema de las fronteras sigue tan vigente hoy como ayer, y lo será así siempre que las haya, reales o imaginarias. Muchos artistas, sobre todo más recientemente, en la música, en la pintura, en el cine, han querido hacer un breve espacio y recapacitar en este tema de carácter internacional, global, un tema cada vez más sensible.
Frida pinta la diferencia entre México y Estados Unidos siguiendo su tradición de dividir el área del cuadro en dos polos opuestos, contrastantes, como el sol y la luna. Las raíces del maíz y los cables de las máquinas son lo que brinda la energía a cada pueblo, uno con sus majestuosas pirámides que dan fe de su acervo cultural y tradiciones y otro que muestra sus impresionantes y gigantes edificios, símbolo del progreso industrial. Un tema que todavía dará mucho de qué hablar, mucho qué retratar, pintar, decir y filmar.
Éste es un extracto de un ensayo que escribí hace algunos años para mi clase de Estética General Comparada, junto a Rodrigo Álvarez y María Dolores Arribas.























